Mucha gente considera con razón que Gaza es una cárcel a cielo abierto. En ella se suceden crisis que no suman sino multiplican los efectos devastadores respecto a la situación previa. Antes de los últimos acontecimientos que se han saldado con tantos muertos y heridos, este territorio ya sufría una crisis alimentaria provocada  por el corte de la financiación del gobierno de Trump a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo. La gravedad es tal que el 1 de julio puede suspenderse la provisión de alimentos a más de un millón de personas que dependen de esta ayuda, el 70% de la población de Gaza. A todo ello cabe sumar la crisis del sistema sanitario. ¿Cómo es posible atender a 13.000 heridos en un sistema sanitario ya falto de provisiones? Damos la bienvenida a la ayuda de tres millones de euros de la Comisión Europea, pero es necesario hacer un esfuerzo mayor no solamente en relación a la ayuda, sino también para la consecución de la paz.

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