COBERTURA INFORMATIVA
EN LOS MEDIOS AUDIOVISUALES
DE LA CRISIS DE REFUGIADOS Y MIGRANTES.

Organiza CNMC – Vicepresidente de la Red de Autoridades Reguladoras del Mediterráneo (MNRA/RIRM).

Enrique Guerrero Salom. Miembro del Parlamento Europeo (Key speaker)

Setting the scene: The informative treatment of migrants and refugees

El debate sobre refugiados e inmigrantes raramente toma en consideración los datos y hechos reales. Con gran facilidad se instala rápidamente en el campo de las emociones y los prejuicios. Una vez allí difícilmente se vuelve a encauzar por enfoques racionales.

En ese campo, los medios son muy determinantes en la construcción de esas emociones, y en un potente detonante de las reacciones sociales y políticas. Los medios intervienen decisivamente en la fijación de la agenda, marcan la jerarquía de las cuestiones relevantes para los actores políticos y sociales.

Aunque no siempre consiguen dictar a los ciudadanos qué deben pensar sobre determinadas cuestiones, casi siempre determinan las cuestiones sobre las que deben pensar. Si en algún caso tienen particularmente éxito es en los asuntos que nos reúnen hoy.

Pero el dibujo que ofrecen los medios no casa necesariamente con la realidad. Vayamos a los datos de esa realidad en la UE y pongámoslos en contraste con la situación en otras partes del mundo.

La emigración es un fenómeno natural que siempre ha vivido con nosotros. Todos los países aquí representados han y son sido emisores y receptores de emigrantes. En el mundo, más de 250 millones de personas, equivalente a la suma de alemanes, ingleses, franceses e italianos, viven hoy en un país distinto al que nacieron. La mayor parte dentro de su propio continente.  En la UE unos 60 millones no nacieron en el país en el que viven.

Esa tendencia natural no se va a detener. Lo más probable es que se intensifique mientras persistan las demografías contrapuestas, las abismales diferencias de oportunidades, la comprensible aspiración a mejorar de vida.

Por desgracia, también va a aumentar el flujo de los que buscan refugio huyendo de guerras, de persecución, de hambruna severa y, más recientemente, de desastres causados por el cambio climático. En el mundo hay más de 65 millones de desplazados forzosos, la mayor parte en países vecinos a zonas de conflicto o en el interior de sus propios países.

Frente a esa realidad, en la UE hemos vivido como una angustiosa emergencia la llegada a sus fronteras de 1.2 millones de refugiados, en gran parte procedentes de Siria, pero también de Afganistán, Pakistán, Irak, el Magreb y diversos países del África subsahariana. Esas cifras, apenas poco más del 0’5% de la población de la Unión, están muy lejos del porcentaje de refugiados que acogen países como el Líbano, donde alcanzan más de un tercio de su población total, Jordania, Turquía, países del Cuerno de África, o el Magreb .

Repartidos esos 1.2 millones entre los 28 países de la Unión, una decena al menos de ellos entre los más ricos del mundo, el asunto nunca debería haber sido un problema muy agudo. Siempre que se hubiera afrontado con previsión y recursos, gestión eficiente de los flujos y de su inserción social y reparto solidario del esfuerzo.

Pero se ha convertido en un serio problema con claras consecuencias negativas. El fracaso de gestión, el egoísmo de muchos gobiernos, las estrategias políticas extremistas, que han logrado imponer la desconfianza y el miedo frente a la solidaridad y la compasión, han desembocado en una confrontación entre distintas partes de Europa, y han alentado y propiciado algunos cambios políticos que ponen en riesgo a la propia Unión. 

La respuesta de la Unión ha estado marcada por la improvisación y ha carecido de visión estratégica. Pero no todas sus instituciones han actuado de la misma forma. La Comisión Europea reaccionó con propuestas viables y solidarias,  relativas al acogimiento ordenado en frontera, al realojamiento en los países miembros de los llegados, así como a la reforma de la normativa sobre refugiados, el llamado régimen de Dublín.

El Parlamento Europeo ha apoyado los esfuerzos de la Comisión y ha ido más allá. Ha pedido atacar las causas profundas del problema, con inversiones y apoyo en países de origen y tránsito. Ha compartido la necesidad de asegurar las fronteras exteriores de la Unión, pero reclamado también vías legales para una emigración segura y organizada, protección a los más vulnerables e integración social. Pero, sobre todo, ha  exigido una auténtica política común sobre refugio y migración, pues todavía hoy las decisiones fundamentales residen en las capitales nacionales, como podemos constatar estos días.

El Consejo Europeo, dividido y bloqueado, secuestrado por la posición extremista de muchos países, ha sido incapaz de seguir esta senda marcada por la Comisión y el Parlamento. Algunos Estados Miembros, especialmente Alemania y Suecia, han sido un buen ejemplo en muchos aspectos, pero muchos otros, incluido el mío, se han opuesto frontalmente a la reubicación, han incumplido los compromisos asumidos, o simplemente se han puesto de perfil. El resultado ha sido la insolidaridad en el reparto de los esfuerzos, el fracaso de la reubicación (de 160.000 se han reubicado menos de 30.000), y la congelación de la reforma del sistema de asilo de Dublín, ya acordada por Comisión y Parlamento y solo pendiente del acuerdo del Consejo. 

Este fracaso ha contribuido decisivamente a arraigar la percepción de que la emigración está mal gestionada, y a aumentar con ello la preocupación de los ciudadanos. En 2011, solo 9% de los europeos consideraban la inmigración como su principal preocupación, muy por detrás del desempleo, la situación económica o el estado de las cuentas públicas. En 2015 pasó a ser la mayor preocupación para el 58%, por encima de cualquier otra, hasta que en 2017 fue superada por el terrorismo. Hoy vuelve a recuperar la primera posición. 

Los medios en general, los audiovisuales en particular, y cada vez más las redes sociales, han jugado y juegan un papel esencial en todo el ciclo de la emigración y refugio.

Los medios y las redes dibujan a potenciales refugiados e inmigrantes estilos de vida diferentes de los suyos, fundamentan sus aspiraciones, alimentan sus deseos de cambio. Algunos estudios muestran la gran correlación entre búsquedas en Google desde Turquía sobre Grecia y las llegadas mensuales de emigrantes en el verano de 2015.

La tecnología digital permite conectar con proveedores de medios de viaje y redes de traficantes que ofrecen sus servicios. Se calcula que más del 90% de los que cruzan el Mediterráneo utilizan esas redes en algún momento de su aventura. 

Otros estudios muestran que muchos emigrantes gastan hasta un tercio de lo que tienen en la compra de smartphones y otros medios de conexión, que les permiten no solo emprender el viaje sino establecer contacto previo con familiares o amigos que ya lo han emprendido con éxito, conectar después con ellos, y mantener la conexión con quienes hayan dejado atrás.

Esos mismos medios también ofrecen aspectos positivos, les ayuda a ellos, y a las autoridades o actores sociales, a gestionar su posterior inserción, contactar con organizaciones humanitarias o buscar acceso a ofertas laborales o provisiones sociales. 

Pero la influencia de los medios sobre las percepciones sociales y las reacciones políticas es mucho más incisiva. Y en general, más negativa que positiva, como muestran reiterados estudios en distintos países. Va en lógica de que las buenas noticias no suelen ser noticias. La semántica informativa ofrece ya de inicio un sesgo negativo: hablan poco de seres humanos, derechos, y mucho de inmigración ilegal, crisis, oleadas, avalanchas, extranjeros, refugiados.

Influidos por los medios, los ciudadanos sobreestiman el porcentaje de emigrantes que hay en sus países. Hasta 20 puntos de diferencia en Italia, cerca de 15 en España. Y aunque el porcentaje real se mantiene bastante estable (no así el de refugiados en busca de asilo), la percepción es que sigue aumentando de manera continua y acelerada. 

Los medios también activan a la opinión pública y movilizan la solidaridad cuando ponen su foco sobre desastres y desgracias particulares. Cuando muestran a decenas de miles de seres humanos vagando ateridos de frio por tierra de nadie en las fronteras europeas, cuando enseñan  el cadáver solitario en la arena del niño sirio Aylan, cuando ofrecen imágenes de naufragios como los de Lampedusa. O cuando se posicionan críticamente ante la falta de respuestas eficaces.

Muchas veces, sin embargo, no escapan a la tentación de convertir una crisis real en una perfomance. El seguimiento de las peripecias del barco Aquarius ha oscurecido que el día mismo de su llegada a Valencia, llegaron a las costas del sur de España más del doble de emigrantes que no merecieron un tratamiento informativo similar.

El tratamiento informativo de determinadas cuestiones impacta decisivamente en las campañas políticas y en los resultados electorales. En los años previos al Brexit los medios británicos trataron exhaustivamente los temas migratorios y durante la campaña ese fue el tema, muy por encima del significado global de permanecer o salir de la Unión. Trump centró buena parte de su campaña en la protección frente a los extranjeros y en la construcción del muro con México. Migración y atentados han sido las bases para el crecimiento del partido extremista Alternativa para Alemania. Las elecciones italianas que han desembocado en una mayoría populista estuvieron decisivamente marcadas por el crimen cometido por un refugiado en Macerata.

Los medios pueden multiplicar las inseguridades y los miedos de los ciudadanos, extremando los supuestos vínculos entre migración y delincuencia, desempleo o terrorismo. Otras veces, sin generar nuevos prejuicios, refuerzan los que ya existen en segmentos de la sociedad. Por ejemplo el que refugiados y emigrantes se benefician preferentemente de los servicios y ayudas sociales.   

Todos ello debe hacernos reflexionar sobre el papel mismo de los medios y eso entiendo que va a ser el núcleo fundamental de esta jornada.

El Parlamento Europeo ha recomendado promover campañas en países emisores o de tránsito de refugiados e inmigrantes para informar a estos de sus derechos, y ayudarles a tomar una decisión formada e informada en relación con los traficantes y los riesgos de su viaje.

Por otra parte, está abordando el impacto de las fake news, recomendando una mayor transparencia, pluralismo y formación específica a los periodistas. La nueva directiva sobre los servicios audiovisuales que acaba de ser acordada regula por primera vez las plataformas de distribución de videos y los servicios en internet que deberán seguir las mismas normas que los servicios editoriales lineales (la tradicional televisión) en la lucha contra la discriminación o el odio. Serán muchos de ustedes, los reguladores nacionales quienes deberán aplicarla.

Finalmente, y lo más importante, es esencial cambiar por completo la narrativa sobre refugiados y emigrantes. Resaltar no solo la obligación de proteger y de respetar los derechos humanos, sino también subrayar los aspectos positivos que aportan a la sociedad que les recibe. Establecer vías legales para abordar una migración regulada. Poner en marcha auténticas políticas de integración. El PE ha reconocido y apoyado la campaña “Ensemble” lanzada por la ONU para reducir el impacto de las percepciones negativas.

Necesitamos para la nueva narrativa medios de comunicación responsables que colaboren activamente en esa batalla de la razón y la solidaridad contra el miedo y el odio.       

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